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Una vez radicada en el
Alto Valle de Río Negro y Neuquén, inicié mis visitas a la cordillera,
todo Neuquén, el sur de Río Negro, y la misma latitud del lado chileno,
incluyendo varias visitas a Chiloé.
Desde Cipolletti, soñaba
con la inmensa Patagonia austral, no sólo sus espectaculares maravillas
naturales, sino cada lugar con la impronta de los grandes pioneros. Ya
vecina del N.O. del Chubut, estaba más cerca.
El glaciar Perito Moreno,
el Chaltén, el estrecho de Magallanes, Ushuaia, la Carretera Austral
chilena, Torres del Paine, Punta Arenas... Y en tamaña extensión,
los lugares donde la historia dejó su marca indeleble.
Siento una enorme ansiedad
por ver, tocar, respirar estos sitios sobre los cuales tanto estudié.
Encontrar la tumba de un pionero es rendirle homenaje, casi como conocerlo
en persona, poder conversar. Existen en Patagonia innumerables cementerios
aislados y sepulturas solitarias, muchas anónimas, que suelen indicar
fechas ciertas. Dormir en el hotel Comercio de Puerto Santa Cruz, por
ejemplo, el mismo (y está igual) que usaron los “rebeldes” de 1922,
fue una manera de sentir como lo hicieron ellos. Abandonadas viviendas
dentro de las cuales alguien vivió, rió, lloró, hizo el amor se
encuentran por doquier... “Ver” llegar a Magallanes a Puerto San Julián,
a Darwin trepando la barda de Puerto Deseado, a Moreno llegando al lago
Argentino, a Piedra Buena con su barquito en la isla Pavón, a Madsen
vadeando el río de las Vueltas... Uno puede sentirse, también, uno de
los exploradores de antaño.
Tanta andanza facilita, además, conocer a aquellos apasionados que,
profesionales o no, han dedicado la mayor parte de su vida a la historia
de la Patagonia.
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